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 El Valle sin Sol

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Marco
Hollow
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Virgo Cabra
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MensajeTema: El Valle sin Sol   Dom Ago 22, 2010 12:53 pm

Capitulo 1: Condición nocturna.


“No soporto el sol. No es ningún tipo de enfermedad; no soy fotofóbico. Es simplemente que no me gusta. Prefiero la oscuridad. De hecho, llevo mucho tiempo sin salir a la calle durante el día, y cuanto más cerca estoy de la Oscuridad más noto que pronto encontraré algo. No tengo miedo.”

El chico estaba en su habitación. Las persianas estaban bajadas y en el espacio entre las cortinas y el cristal había telarañas, pues hacía mucho tiempo que no se habrían. Lo único que iluminaba la penumbra era el pálido resplandor de algún tipo de aparato. En las paredes había un sinfín de imágenes imposibles capturadas por algún artista y extrañas formas de plata decorativa, que reflejaba inquietantemente la difusa luz. No había ninguna tonalidad cálida en la habitación. El chico estaba vestido de negro, y su cabello largo también lo resultaba en la oscuridad. La palidez cadavérica de su delgado rostro recordaba a la muerte. Miraba algo con atención.
Era la oscuridad. Mientras permanecía largas horas en su cuarto tendido sobre su cama y esperando la caída del sol, le había parecido ver varias veces que algo se movía en la nada. No estaba seguro de que, pero ahora lo veía con claridad. Era algo parecido a un ovillo de lana, pero en lugar de lana estaba hecho con tinieblas, y flotaba nebuloso. De repente la luz penetró en la habitación y el ovillo se deshizo. Rápidamente el muchacho desvió la mirada.


– ¡Han venido a buscarte, hijo! – su madre había abierto la puerta sin previo aviso– . Es esa chica otra vez.
– Oh, no entiende las indirectas – el chico suspiró– . Bueno, dile que estoy enfermo.
– Pero… Ha venido de muy lejos solo para verte – la madre miró al muchacho suplicante– . Salir solo de madrugada es una tontería, ella no puede hacerlo. Tu tampoco deberías, pero de otro modo no saldrías de casa.
– Si sus padres no fuesen tan estrictos no habría problema.
– Está bien – dijo la madre con repentina frialdad– . Voy a decirle que no pierda el tiempo contigo, al parecer no merece la pena.
– ¡Mamá! – dijo el chico antes de que la mujer se fuese.
– ¿Si? – ella se volvió con la esperanza de que el chico hubiese cambiado de opinión.
– La próxima vez, llama a la puerta antes de entrar, ¿de acuerdo?
– Como quieras…


La puerta se cerró y la oscuridad regresó con fidelidad a su violado refugio. El ovillo de tinieblas se había esfumado, pero él sabía que también volvería.
El muchacho paseaba por un parque bajo la luz de la luna. Oía la música barata a lo lejos y a veces con él se cruzaban personas que lucían orgullosas su ropa de colores chillones y sus bronceados. Pensando que no eran más que daltónicos adoradores del sol, siguió su camino hacía su lugar favorito.
No era difícil colarse en el cementerio. A veces era peligroso, él no era la única persona que frecuentaba ese lugar al amparo de la noche, pero la frialdad de la azulada mirada del chico alejaba a cualquier posible agresor. Era demasiado cortante, nadie se atrevía a hablarle de forma malintencionada.
Se paró a observar una estatua que representaba un ángel. Era hermosa, pero en ella se reflejaban los primeros rayos de sol. Se le había hecho tarde, debía volver a casa. Estaba a punto de hacerlo, pero de repente la estatua se movió. Le lanzó una estocada con la espada que llevaba, y esta se quedó a solo unos centímetros de su cuello.

– ¡No te acerques al Valle Sin Sol! – aulló la estatua.
El muchacho gritó y cayó… Sobre el suelo. Pero no era el suelo cubierto de hierba del cementerio. En unos segundos lo comprendió: era el suelo de su habitación. Oyó unos pasos en las escaleras y la puerta se abrió.
– ¿¡Estas bien!? – preguntó su madre, tras llamarlo por su nombre.
– Creo que sí…
– ¿Cómo has entrado? Llevo toda la noche despierta junto a la puerta, leyendo…
– Mamá, ya te dije que no hagas eso, necesitas dormir. Cuando entré… – el chico se decidió a mentir, pues la verdad era demasiado incomprensible– . Cuando entré estabas dormida, no quise molestarte. Y me he resbalado al quitarme los zapatos, lo siento.
– Bien, no pasa nada…

La puerta se cerró.
Anochecía. El chico había dormido durante gran parte del día y había hecho sus tareas; daba clases a distancia. Ahora estaba concentrado en la Oscuridad, pensando en el Valle Sin Sol. La estatua lo había mencionado. Era extraño… También había soñado con un valle que…
De repente la oscuridad se arremolinó ante él. Era curioso, había surgido al pensar en el valle. Se concentró en lo que había dicho la estatua y las imágenes que recordaba de sus sueños. Y entonces, movido por un súbito deseo, acercó la mano y tocó uno de los hilos de oscuridad. Su mano desapareció.
Asustado, retiró el brazo de la oscuridad, pero la mano no volvió. Trató de concentrarse en como había sido la mano y en ese momento volvió a verla al final de su brazo. Notó que en los dedos tenía tierra. Su mano, de algún modo, había salido de la habitación…
Entonces decidió internarse él. Sin pensarlo dos veces, saltó a la impenetrable negrura y cayó sobre el suelo.
Estaba en una gruta. En algún lugar lejos de allí había una antorcha y esa era la única iluminación, pero para él bastaba. A su alrededor había un grupo de deformes criaturas, y no todos eran humanos. De hecho, la mayor parte de ellos eran orcos, como reconoció enseguida. El que estaba a su lado le miró y dijo:

– Eres nuevo, ¿no?
– Yo…
– Vamos, ven a comer unos pocos gusanos…
– No, no me apetece demasiado, en realidad yo…
– ¿No quieres gusanos? También tengo otras cosas…
El chico se levantó de un salto. Uno de los orcos le escupió.
– Supongo que tu debes ser uno de los de arriba – le dijo con desprecio– . Estamos obligados a decirte que tienes treinta minutos para salir de aquí, si lo deseas. Luego de eso, podremos hacer lo que queramos contigo. ¡Toma!
Le arrojó un reloj de arena hecho con plata. A pesar de que estaba boca abajo, la arena caía hacía arriba como si no estuviese al revés.

– Treinta minutos – repitió el orco.
El muchacho comenzó a correr. Aunque en otras circunstancias le habrían fascinado los orcos, en ese momento no deseaba ser torturado y devorado, o quién sabía qué. Salió de la gruta y se arrastró por un estrecho pasadizo, que a su vez le llevó a otra sala, llena de unas criaturas horrendas que no reconoció. Mientras, la arena seguía cayendo.
Casi se había agotado el tiempo, pero veía la salida. Aquello que iluminaba el suelo solo podía ser la luz de la luna…
Se encontró con un grupo de orcos que le miraban y sonreían, sentados junto a la puerta. El chico corrió hacía la salida con todas sus fuerzas. El tiempo se agotó y el reloj se deshizo entre sus manos. Los orcos se levantaron.
– Bien, ahora podemos acabar contigo – rió uno, el mismo que le había dado el reloj de arena.
Entonces el chico notó un repentino peso en la espalda. Miró hacía atrás y vio la negra empuñadura de una espada.
– Supongo que los de ahí arriba quieren que te defiendas – dijo el orco con desprecio, y sacó una cimitarra. El muchacho sacó la espada, que resultó ser larga, de plata, y estar cubierta de extraños símbolos grabados.
El chico esgrimió la espada y cargó sobre los orcos. Pero, a diferencia de lo que ellos esperaban, él saltó sobre sus cabezas y rodó por el suelo. Luego se arrastró fuera de la gruta y miró a los orcos. Ellos no se atrevían a salir, pero le insultaban y gritaban sin parar. La entrada de la gruta se cerró.

El chico examinó su situación. Estaba en un derruido edificio de piedra blanca. A su alrededor crecía un espeso bosque de pinos. El cielo estaba oscuro, solo brillaban las estrellas y la media luna. Podía oír el sonido del agua; se acercó a investigar, con curiosidad irresistible.
Había una fuente, que recogía el agua cristalina de un arroyo y la hacía correr por un artístico canal de diseño trenzado. Luego el agua caía sin más al suelo y volvía al riachuelo filtrándose por el suelo resquebrajado. Y sentado en un banco sobre el suelo encharcado había un hombre encapuchado. Parecía meditar, y el chico se acercó en silencio a él. Pero al pisar el agua se oyó un chapoteo y el encapuchado se volvió. Se pudo ver que en las sombras sonreía.

– Bienvenido al Valle Sin Sol – dijo el desconocido quitándose la capucha, y la luz de la luna atravesó su pálida piel– . Me llamo Nerus.
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Raito Kurosaki
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Pez Rata
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MensajeTema: Re: El Valle sin Sol   Miér Dic 28, 2011 3:06 am

sugoiii esta bastante bien el fic quiero leer más!!!
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