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 No es un fanfic; es un relato. "Las luces de la ciudad".

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Saevior
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MensajeTema: No es un fanfic; es un relato. "Las luces de la ciudad".   Mar Mar 06, 2012 6:20 pm

Pongo por aquí el material en crudo de un relato que escribí hace ya tiempo. Está sin revisar ni repasar, ya que tengo que arreglarlo para publicarlo por ahí en una revista de un colega. De ahí pueden venir los posibles errores que se vean en dicción y puntuación. Lo comparto xP.


Las luces de la ciudad

El vaho en las enormes planchas de vidrio del autobús había dibujado una impenetrable capa. Por otra parte, la oscuridad de una de las noches más cerradas del mes echaba una mano y convertía a aquel trasto de automoción en un auténtico ataúd lóbrego con numerosos cadáveres legañosos en su interior. En la parte de delante se encontraba la única vía de entrada para la vida. Allí se dibujaban numerosas luces de otros vehículos, naranjas y rojas, recordaban a una bonita ciudad móvil. Por mucho esfuerzo invertido en ahorrarle a mi trasnochada mente un pequeño viaje a otras épocas, mucho no pude resistirme, y al final, aquellas fugaces luces, como pequeñas lámparas-globo que ascendían ordenadamente por la autovía radial, terminaron por engullirme. Las luces de la ciudad.

Era tarde y todo el pueblo se encontraba desierto. La bruma había formado pequeñas y frías gotas en la hierba que iba arrebatando con el incesante avance de mis pasos. Por fin, en lo alto de ese montículo, pude divisarlo todo. Como ganado en su cobertizo, cada rebaño se encontraba ya a buen recaudo. ¿Cómo resistirme cuando no hay pastor que les guarde? Los lobos temen al pastor, sus armas, su astucia superior. Aquí no hay nada de eso, estas criaturas están desamparadas, se encuentran tan perdidas que aliviarán el fuego de mi culpa mucho mejor que diez litros del más fuerte brandy. Me lanzo a la noche, traspaso la barrera entre el medio rural y aquella especie de pequeña urbe. Todo es nuevo y nada completamente distinto. Seguramente en las urbanizaciones de aspecto uniforme de la periferia encontraré lo que busco. Soy una bestia sedienta sin alguna contemplación, y sin embargo soy tan humano como las más antiguas artes. La música me seduce y la belleza acostumbra a cautivarme sobremanera, sin embargo, no soy más que una bestia en el fondo, algo que se mueve por su propia supervivencia y es capaz de dejar atrás cualquier otro precepto en favor del principio básico de seguir viviendo.

En uno de los más altos tejados, una casa deja de manifiesto un potente reclamo, pues por las ventanas de la parte más alta, titilantes relámpagos de luz desbordan de manera constante y alterna en gamas de colores. A ojos más ancianos e inexpertos, se diría que la casa vomitaba por la ventana esos colores, pero yo sabía que no era más que el fruto de las ráfagas emitidas por un aparato televisor. En cuanto al cómo aproximarse a la casa existía una regla de oro que más o menos solía cumplirse con asiduidad: entre más pequeña la ciudad y más lejana a los grandes núcleos, más confianza. O lo que viene siendo lo mismo en mi mente: entre menos lobos avistados, menos vallas, alambradas, y en definitiva, seguridad para el rebaño. Así pues, bastaron un par de vueltas alrededor del perímetro principal para terminar avistando una flaqueza en la parte posterior de la casa – siempre era la parte posterior de la casa. Un pequeño tramo de escalada que nada podía retrasarme o dificultarme en mi avance, y ya estaba dentro. No había perro, lo cual era de agradecer. Esas asquerosas bestias sabían a pura tierra y no hacían más que dar problemas. Parecía ser un completo jackpot el de esta ocasión. ¿La puerta de entrada? Un giro simple de picaporte con el debido sigilo, y otra pequeña barrera de papel derribada. Como en un extraño pasadizo de destellos caleidoscópicos, los pasillos y habitaciones se dibujaban con cada nueva ráfaga, y todo lo que tenía que hacer era seguir avanzando con sigilo. Por monótona que sea la raza humana, uno siempre encuentra peculiaridades o extravagancias entre una y otra persona. Son esas maravillosas combinaciones las que hacen a uno no aburrirse en una existencia tan orientada al estudio y observación de sus comportamientos y hábitos. Después de todo, ¿quién conoce mejor que el depredador a su tradicional presa y fuente de subsistencia? A estas alturas ya podría colgarme cualquier etiqueta de sociólogo u antropólogo sin mucho miramiento, y aún así, seguiría apreciando cada detalle, sonriendo y teniendo reflexiones desveladas ante cada excepción en los patrones de comportamiento. Todo el barullo de ideas formaba una tibia arcilla que iba dando forma con la misma calma y sosiego del alfarero experto, mientras los pies bailaban dentro del mismo ámbito de silencio y la apenas audible música de la televisión comenzaba a apreciarse con una mayor claridad. Ahí estaba, ¡oh!, benditas contradicciones que son como los hoyuelos sonrosados de los rostros más bellos. Todo el salón era un completo desastre, y la basura pastaba por doquier en forma de inanimados elementos de compañía. Olor a putrefacción, diferentes cepas químicas de cultivos potencialmente infecciosos en reciente eclosión, y entre medias, irradiándolo todo de una aurea y blanquecina capa de pureza y majestuosidad, los instrumentos de viento anunciaban la apertura de un delicioso aria. A veces el destino regalaba esas coincidencias, el último acto de una ópera más que sublime invadió y estimuló con fuerza las partes receptoras del sonido en un cerebro frío y sosegado. Turandot, una obra sin igual, designada para los mejores salones, o al menos para oídos merecedores de tal placer, exhibida ante aquel desecho grasiento de humanidad que parecía llevar pidiendo siglos el fin de sus días. Así pues, como correspondía en mi, encarné perfectamente mi papel, aprovechando que el tenor dejaba escapar, en media voz, los primeros versos. "Nessun dorma": "que nadie duerma". Con fuerza, aquellos contenidos graves sacudían mi ánimo y no hacían sin embargo mella alguna en aquel patán, cuyos ojos vidriosos ni siquiera parecían atentos a la representación, sino más bien absortos en algún tipo de obnubilación pasajera. Impasible, el aria continuaba su avance, y el tenor rezaba algo que me reconfortó sobremanera: "Ma il mio mistero è chiudo in me". Efectivamente, cualquier misterio relativo a mi persona siempre estaría encerrado en mí. Qué fantástico hubiese sido ser Turandot y haberse podido pasear cantando con esa gran voz lo que a uno más le define.

En cualquier caso, no debía descuidarse por el arte a la presa, y presto al cambio de ritmo que llevaba a las voces más altas, con una fuerza suficiente para haber quebrado con facilidad la tráquea de aquella rechoncha criatura calva y desaliñada, abracé su cuello y tapé su boca, eyectando rápido el fiel y afilado punzón de carpintería del bolsillo a la mano. Apenas forcejeó, el muy estúpido buscaba con sus ojos algo más allá, como si quisiera conectarlos con los de una bestia. Estaba muy lejos de hacerme sentir ningún tipo de lástima. Con una simple camiseta interior llena de manchas, abultada por su oronda figura, y apenas unas débiles matas de pelo a cada lado de la testa, el cordero viejo se retorcía ante el matador. Ahora la punta letal pendía suspendida, y el silencio en la obra se había hecho. En una voz muy apagada, el tenor comenzaba a entonar el final del acto, aquel verso triunfal que hubiese hecho a cualquier ser de la creación ver repleta su necesidad de goce artístico. Al unísono con la entrada de la percusión, mientras la siniestra empujaba al sujeto contra lo que no era más que su mesa de matadero de cómodos y acolchados cojines, la diestra sumergía el punzón con fuerza entre los tendones conexos al deltoides, al paso de aquella divina corriente de vida. Y mientras el tenor sostenía aquel último "vincero", y mi goce encontraba el momento culmen, la sangre encontró su camino en todas las direcciones, como cuando era taponada una vena joven de petróleo, salpicó oscura y tibia todo su alrededor, la asquerosa camiseta, mis propias prendas, el mobiliario cercano, para finalmente contenerse en un mermado chorro que terminé reduciendo con mis propias fauces.

No había nada de estupendo en el proceso de la alimentación. Era curioso como la ficción romántica y posteriormente la fantástica y simbolista se habían encargado de crear el mito del goce sensorial de la víctima, el juego entre la pasión y el dolor, todos aquellos momentos orgásmicos mientras litros de sangre emanan con delicadeza y sosiego del pulcro y blanco cuello de la doncella. Lo cierto es que no había nada de agradable en estar en el otro lado. Una herida de esa profundidad con una hemorragia tan acusada, tan sólo causaba un gran dolor punzante a corto plazo que llevaba al posterior desmayo por la apresurada pérdida de sangre. Después de todo, yo estaba allí en mi propio favor, no le veo ninguna utilidad al darle un pseudo-orgasmo póstumo a un finado.

La obra había quedado en silencio, y durante unos segundos que parecieron alargarse eternidades, previos a lo que sería la gran ovación del público, tan sólo se escuchaba el chupeteo de la alimaña, obteniendo su alimento y creando una mayor consonancia con toda la inmundicia que le rodeaba. Aplausos y más aplausos ante una obra que había terminado, una completa ópera magnífica, en contraste con el final de una vida patética que dejaba caer de mis manos. Había tomado más que suficiente de aquel zumo saturado e insalubre, exponente de una sobrealimentación basada en grasas y hormonados carbohidratos. Eliminaban el agradable regusto férrico de una sangre saludable y terminaban empachando.

Pronto encontré la misma ansiedad de siempre, pues terminada mi tarea en aquel lugar, mi existencia no encontraba ningún tipo de anclaje a la demora. Con la vista puesta en el mismo frío y espeso hierbazal que me había hecho de antesala y pasarela a los pastos del rebaño, una extraña urgencia, como era de costumbre, me sacó en sostenida carrera del lugar, devolviéndome a mi elemento preferido. Paso tras paso, la vista se perdía entre la inmensidad de los campos, que cada poco terreno, revelaban el brillo de los recodos de un embalse. Ya sabía que debía bordearlo y continuar así, pues pronto encontraría otro gran asentamiento si no cejaba en este mismo patrón de andanzas.

Sin que hubiese cambiado nada en absoluto desde un punto de vista externo, toda la hierba a mi alrededor parecía hacerse cada vez más alta y espesa, dando la sensación de que uno se adentraba en nada. Poco pude hacer, pues la ansiedad me empujaba a seguir caminando a toda prisa, y apenas pude darme cuenta de que estaba entregando mi consciencia a cada paso, a un paisaje lóbrego y oscuro con nuevas luces, luces móviles y parpadeantes que apenas se distinguían en lo más lejano de aquella impenetrable oscuridad.


Con un fuerte traqueteo y el resoplido de lo que parecían válvulas hidráulicas, pude comprobar que el autobús había alcanzado su última parada en la ruta. Me había quedado dormido, y por si fuera poco, había vuelto a esas vívidas memorias que cada poco tiempo me absorbían y me trasladaban a lugares y recuerdos a veces horrorosos, a veces incluso atrayentes. Me hacían levantarme con una sensación de gran fortaleza y confianza en mí mismo, y, en cambio, existían algunas pocas ocasiones en las que me hacían arrodillarme en un rincón como el ser más despreciable y débil, como una simple hiena roñosa. De cualquier modo, fuera como fuera, al traspasar la barrera del vehículo a la calle, estaban allí de nuevo, las luces de la ciudad.
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